
Conozco un árbol, que huele a una mescla de dolor y angustia, que se riega con sangre, lagrimas y quejidos, sobre el que nunca á caído una gota de agua, pero cuyo tronco se levanta imponente en el horizonte de la vida.
Como niños en nuestra vejez nos acercamos juguetones hacia él, y al subirnos el acero del destino nos traspasa los miembros, para dejarnos clavados. Inocentes e inmóviles sudamos la última gota de esperanza y por sobre las heridas abiertas, se drena a cuenta gotas nuestra vida, es así como hacemos un esfuerzo sobre humano para llenar nuestros débiles pulmones con una última bocanada de aire fresco, la cual nos cocina por dentro, una y otra vez, en ese ciclo misterioso de dolor, nos hace desear el sincero abrazo de la muerte, y el cálido regazo de nuestro padre.
Y aunque El mismo entrego a su amado hijo a un suplicio parecido, la certeza de la resurrección, pudo dibujar una sonrisa, en la cima del árbol de la redención, sin embargo yo no soy él, soy simplemente un espíritu temeroso en una envoltura de piel y huesos, sobre mis hombros no cargo un saco de pecados para lavar ,ya que por tu infinita gracia me fueron perdonados, entonces Señor, porque no dejas que me baje de este árbol, para poder correr hacia ti, no permitas que sufra mas, necesito completar el regreso a casa, cobijar el corazón con el abrigo de tu presencia, y vivir por una eternidad, en la niña de tus ojos.
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