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martes, 15 de febrero de 2011

Carta para Dalila

Entre la ardiente arena del desierto, en el Valle de Soreq, como una visión del paraíso extinto, emergía una figura imposible, ojos de esmeralda que resplandecían como promesa de vida, en la primavera de una selva tropical, jamás vista, cubierta con una piel delicada, suave blanca, perfumada como un jazmín, con un cabello mas negro que una noche sin estrellas, el cual descendía como riachuelo hasta la mitad de su espalda, sus labios rojos, carnosos, vibrantes que al expandirse eran coronados con una sonrisa que semejaba la luna en cuarto creciente, en tanto el vestido de seda rosado acariciaba su piel suavemente, abrazándola, ciñéndose a un escultural cuerpo. Como Napoleón ante los Alpes, la vista de sus empinadas montañas, las llanuras de su abdomen, el secreto de su valle escondido, era impresionante, imposible que existiera una conquista más alta.


Que importancia hubiera tenido descuartizar a un León con las manos si no hubiera podido abrazar su cintura, que importancia habría tenido vencer a todos mis enemigos con una quijada de burro, sino hubiera bebido del dulce néctar de sus labios, que importancia habría tenido vivir libre, en el desierto, si estaba prisionero de su amor y la llama de la pasión me derretía por dentro, si mis músculos y cuerpo solamente querían convertirse en abrigo de su piel y para que mis ojos, si mis ojos, si ya su figura, su sonrisa y su mirada no iban a iluminar más el atardecer de mi vida.


Y ahora que lo pienso, fui un tonto, mi mente, mi cuerpo y mi espíritu, fueron de una sola mujer, traicione a mi pueblo, a mi Dios y a mi mismo para demostrar mi devoción. Fui desarmado por el amor y hecho esclavo por la pasión, pague con mi muerte por el pecado cometido y aún muriendo, no deje de amarla. Sí, fui un tonto, fui como muchos otros, vendido por unas monedas.


Bajo la tempestad de mi conciencia y a la sombra de mi desesperación, puedo asegurar que conocí el cielo y las estrellas, y estando ciego al lado de la pesada piedra del molino, su recuerdo empañaba lo poco que quedaba de mi mente en tanto las horas pasaban arrodilladas gimiendo, arrastrando mi vida debajo de la piedra de ese viejo molino. Y yo, tratando de hacer polvo los recuerdos, siempre tratando. Pero no, no la juzgo, que sea mi Dios quien lo haga, así como me juzgara a mí, yo solo puedo amarla, porque para eso nací.


Atentamente


Sansón HC

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