El cielo, regido por la madre de Cupido. La tierra, dominada por Tauro, la noche bañada de estrellas, la luna serena y pálida, las rosas escarchadas por el frío de la oscuridad y sus capullos cerrados a la espera del amanecer. Todos hechizados por grillos, chicharras y ranas en armoniosa alabanza.
El deseo juega entre las sombras con la pasión y la espesa neblina de estrés de la ciudad empieza a desvanecerse. Las minifaldas ceñidas al cuerpo brotan en las esquinas como burbujas en una gaseosa, hombres con antifaces juegan al mago, haciendo desaparecer cosas. La cerveza se desliza en las mesas, las risas saltan, juegan y vuelven a la boca de quien las parió, los amigos se multiplican, las penas se ahogan, los cines se visten de rojo, las callejuelas sirven de oficinas a los hampones, las leyes se van a dormir, el desenfreno pega el grito al cielo.
Hombres en busca de placer, compran carne en la esquina y se la comen, sin cocinar, en un mugriento cuarto. La pobreza se quita la mascara y agotada y maltrecha se duerme sobre una banca del parque, mientras un perro sarnoso le lame la cara. Los agujeros en las paredes de lata de los tugurios, dejan pasar la luz de los fluorescentes, mientras el intestino de los niños parece hablar dormido y preguntar por comidas jamás probadas.
El padre agotado retorna al hogar, mientras niños se arremolinan sobre su ser, por un pedazo de cariño. Tira la corbata, se quita los zapatos y deposita sus huesos sobre un viejo sillón, al tiempo que degusta sin ganas un plato con comida pasca y fría que le sirven mientras escucha el último gol, de un equipo de fútbol que no conoce.
Sí, eso es la noche, pero lo mejor es cuando se cierran los ojos, y la lluvia azota con furia el techo de la residencia, mientras un frío invernal penetra por las persianas todavía abiertas del pequeño cuarto, y atravesando un agujero del cerebro transitan en procesión cientos de imágenes, entonces es cuando se quiere, se tiene, se ama, se ambiciona, se posee y se libera a discreción.
Por eso te digo cuídate, porque ayer te mire, y con la complicidad de la noche, atrape tu recuerdo en mi mente, dentro del profundo y negro abismo de mi ser, te hice prisionera. Cadenas de pensamiento y deseos hechos nudo te inmovilizan, y aunque tu no lo quieras, no me entiendas, me odies, o no me conozcas, o conociéndome no te importe; aun así, no te podrás liberar de mis brazos, de mis labios, de mi entendimiento; así como tu piel no se puede liberar del frío, tu mirada de la luz, o tu corazón del latido.
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