La chispa de esperanza que flota sobre la pupila de un niño. El palpitar agitado de su corazón, ante una idea que se apodera de todo su ser. Ese cruce entre deseo, miedo, angustia y exaltación al oir un cuento, esa candida mirada al sentirse amado, al parecer nos acompaña durante toda una vida. Se esconde entre lo pliegues de la piel, se regenera químicamente en nuestro cerebro, cuando la nieve del tiempo cubre el monte de nuestra cabeza, esa es la cíclica naturaleza de nuestro cuerpo, primero nos prepara para la vida, luego para la pos’ vida.
Cuando en la playa de la vejez observamos las velas del barco que nos transportara a la otra orilla, la esperanza empieza a bailar con el miedo un vals y aunque nuestras fuerzas disminuyen, los pasos se hacen cortos, y nuestra respiración se agita con mayor facilidad, el amor nos inunda y lo proyectamos en la mirada, cual si derritiéramos con ella, el abatimiento, la desidia, la indiferencia, el desgano y a veces la antipatía con la que al final de la vida muchos tratan de cobijarnos.
Sera que de jóvenes, nos ven como una fuerte esperanza, con la cual cumplir todos sus sueños fallidos y de viejos como una pesada cruz que marca el norte hacia el cual invariablemente se dirigirán, y mientras a unos los quieren a otros es mejor ignorarlos.
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