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martes, 15 de febrero de 2011

El tercer testículo

Es un auto lujoso, una casa grande, una cuenta en suiza, un doctorado, una gerencia, una hermosa modelo o cualquier objeto físico o intangible que nos otorgue poder sobre otras personas, algo con lo que se trata de marcar diferencia establecer un status quo. Con ello le cantamos al mundo que somos más machos, que tenemos mas dinero, que estudiamos en mejores lugares, que llegamos mas lejos, no somos de los que se conforman viviendo de rodillas durante toda su vida, nos hemos puesto de pie, y podemos observar mas largo que cualquiera, y si para llegar a ese lugar tenemos que empujar o majar a unos cuantos, que importancia puede tener, al fin y al cabo, somos lo que somos, es lo natural, sobrevive, el mas fuerte, el mas inteligente, el mejor dotado, el que mas impresiona.

Vivimos en la isla de las fantasías, un mundo de vanas ilusiones construido a nuestra medida apenas para hacer encajar nuestros defectos en guantes perfectos y utilizar nuestras virtudes no para servir sino para servirnos de ellas.

Sí, tal vez tu virtud, sea el gran y enorme testículo, en el que te apoyas, y sobre el que te crees diferente, único, imposible de imitar.

Pero la naturaleza no solo nos hizo bípedos, también nos dio dos ojos, lo que nos otorga una perspectiva de profundidad, dos oídos, con lo que apreciamos el sonido estereofónico, dos manos, una para dar y otra para recibir. El compartir esta en nuestra naturaleza. Así como las rosas no pueden negarse a expedir su perfume y recibir a las abejas, nosotros no deberíamos acumular riquezas mientras tantos mueren por falta de alimento, de cariño, de comprensión y de amistad.

El deseo de ser admirado y respetado hace yunta con el miedo por entregarse. La sonrisa dibujada en nuestro rostro por el payaso de la sociedad se desprende con cada lágrima de realidad que se arrastra desde la naciente de nuestros ojos.

La bola de poder con la que fantaseamos, no nos codifica y empaqueta como las otras, sino que nos esconde, nos maquilla y proyecta nuestro universo mental al público que deseamos conquistar, sobre los que queremos establecer algún tipo de ligamen económico, psicológico, emocional o hasta espiritual con el objeto de controlarlos.

La ventaja competitiva propia de las empresas, deseosas de sobrevivir en la selva de asfalto y carreteras digitales, se traslado a las relaciones personales y se instituyo entre las piernas, por afuera de la sonrisa, o alrededor de la mente, es parte de la bruma que nos ciega y nos impide ver al hermano a al par, en su lugar observamos un ente estructurado con características peligrosas propias de un competidor o un futuro vasallo, cliente de nuestra maquinación.

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