Nos vestimos con el traje de la inocencia, sembramos en el campo de la esperanza, lo regamos con el sudor de nuestros años, plantamos una casa, lo llenamos con muebles, hijos y deudas hasta convertirlo en un hogar,
Los años cayeron a cuenta gotas, mientras observamos como nuestros retoños, evolucionaban del chupón, a la bicicleta, de la crayola al bolígrafo y luego a la computadora.
En el oleaje de nuestra vida, todo se movía del sacrificio al dolor, de la angustia a la alegría, se daba y se tomaba, mientras el payaso del destino hacia malabares para no dejar caer las bolas de nuestro futuro.
Y las nubes se abrieron conversando en el idioma de las gotas con nuestra tierra, sus gritos estremecieron los oídos mismos de las rocas, era un sermón largo que tenía escrito, en muchos de sus párrafos, la palabra muerte.
La tierra cedió, los caballos del apocalipsis descendieron ladera abajo, arrastrado un manto de dolor, que lo cubrió todo.
Lo que era un hogar, ahora son maderos quebrantados por el lodo, lo que era una familia ahora es una pila de carne, lo que era esperanza y alegría ahora es solo vacío y lágrimas.
Dios aplico su borrador, mi existencia se desintegro en un pestañeo, la muerte me sujeto con ambas manos, y sus ojos negros se clavaron como chuchillos sobre mi pecho.
Por que estoy vivo, por que el aire pesa tanto, porque mi respiración es tan lenta, por que la noche es tan larga, por que el sol no calienta, por que el recuerdo no se aleja, por que el borrador no paso sobre mí.
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